La presente publicación constituye un artículo de opinión escrito por la psicóloga sanitaria y terapeuta EMDR, Ana Sánchez Corbalán.
Como psicóloga sanitaria los dos últimos años han constituido un verdadero reto a nivel profesional. A consulta han acudido todo tipo de psicopatologías, exacerbadas en mayor o menor medida por la pandemia de COVID-19 que ha asolado todo el planeta y nos ha cambiado la vida completamente. He observado toda clase de procesos psicológicos influenciados por este coronavirus que ha puesto nuestro mundo patas arriba. De todos ellos, el que más me llama la atención sin duda alguna es el proceso de culpabilización que sufre la persona que se ha contagiado de COVID-19. Y en esto, como en muchas otras cosas, tiene mucho que ver la publicidad y la prensa sensacionalista y crítica que se ha forjado en torno a esta enfermedad.
Cómo el entorno, la prensa, la televisión y las personas culpabilizamos al contagiado de COVID-19
Desde el minuto cero, el dogma que rodeó esta pandemia se tradujo en el autocuidado: “Quédate en casa”, “Protege a las personas de riesgo”, “Sé responsable”, “Utiliza la mascarilla”, entre otros. Este importante grado de responsabilidad que promovimos en las personas probablemente suavizó los resultados de esta pandemia, aunque era demasiado optimista creer que no habría consecuencias a nivel psicológico. Está claro que las noticias relativas al alto índice de contagios en ambientes festivos y nocturnos surtían un efecto muy negativo en la forma en la que contemplábamos estos locales y negocios. Locales y negocios que en otros tiempos han constituido una parte muy importante de la economía de nuestro país. No obstante, se consideró necesario cerrar estos locales mientras los puntos álgidos de la pandemia de sucedieron, aparentemente con resultados positivos. Mi crítica no va dirigida a estas medidas ni a estos locales, pero el proceso psicológico que en estos dos años se ha generado en el paciente con COVID ha sido verdaderamente negativo, en parte porque se ha sobreentendido durante mucho tiempo que la persona contagiada habría cometido alguna irresponsabilidad.
Este fenómeno, la búsqueda de la culpabilización, ha llevado a los propios contagiados a tratar de encontrar incansablemente el foco de contagio, y no siempre con motivos informativos. En consulta he escuchado repetidamente la frase de “No sé dónde lo pude coger, creo que lo he hecho todo bien”, ante un virus que ya ha demostrado que un pequeñísimo detalle (porque me niego a llamarlo descuido) puede provocar el contagio. Hace ya muchos meses que el contagio de COVID-19 no se da únicamente en bares y discotecas, pero como el paciente haya siquiera puesto un pie en uno de estos locales, o en alguna reunión social, el proceso de autoculpabilización está prácticamente asegurado.
Qué hacer ante la culpabilización del COVID-19
Ante todo, tener claro que este proceso psicológico es tan real como la propia infección. Observamos que uno va de la mano de la otra, casi inevitablemente. Poco efecto tienen las estimaciones de que en los próximos meses la mitad de los europeos se contagiarán de la variante Ómicron, como forma de intentar naturalizar el hecho de contagiarse. La culpa está muy presente en este virus y parece que nos resulta fácil olvidar otros focos de contagio presentes en nuestro día a día que nadie se atrevería a criticar nunca (acudir al puesto de trabajo cada día, por ejemplo, o utilizar el transporte público). Una estrategia que utilizo mucho en consulta cuando surge la culpa desmedida es desplazar esta situación a otra persona de nuestro entorno a la que apreciemos y ver si, efectivamente, también procedemos a la autoculpabilización o en su caso defendemos y entendemos la misma situación en otra persona. Algo como “Si esto mismo le hubiera pasado a tu hermana, ¿también asumirías que ha sido culpa suya?”. Esta estrategia de reestructuración cognitiva nos ayuda a enfocar la situación desde cierta distancia emocional.
Gracias por leer nuestro artículo sobre COVID-19 y el proceso de culpa(bilización) de MentSalud.