¿Qué es el duelo?
En la vida del ser humano, existen hechos que son ineludibles y muy dolorosos. Concretamente, la muerte de un ser querido conlleva una experiencia de enorme sufrimiento que se puede expresar con:
- Sentimientos de tristeza, vacío y rabia. La culpa también puede estar presente.
- Sensación de dificultad para pensar, falta de atención y concentración.
- Apatía, falta de ganas de salir y realizar las tareas de la vida cotidiana.
¿Por qué ocurre todo esto?
Cuando fallece un familiar, amigo o persona cercana, comienza el denominado proceso de duelo.
Según Alba Payás, experta en este tema, “el duelo es la respuesta natural a la pérdida de cualquier persona, cosa o valor con la que se ha construido un vínculo afectivo, y como tal, se trata de un proceso natural y humano y no de una enfermedad que haya que evitar o de la que haya que curarse. La expresión del duelo incluye reacciones, que muy a menudo se parecen a aquellas que acompañan a trastornos físicos, mentales o emocionales. Es importante ser muy cauteloso en la interpretación de ciertas expresiones de duelo que pueden aparecer como patológicas y ser, en realidad, manifestaciones totalmente naturales y apropiadas, dadas las circunstancias particulares de la pérdida.”
Etapas del duelo
Desde el modelo propuesto por Worden, el duelo pasa por una serie de etapas en las que la persona realiza una serie de tareas que le permiten ir adaptándose progresivamente a la pérdida.
- La primera consiste en la aceptación de la realidad tras el impacto producido en donde al principio puede existir una negación y anestesia emocional: “esto no es real”.
- La segunda tarea consistiría en un trabajo emocional y del dolor de la pérdida.
- En la tercera tarea, la persona comienza a adaptarse a un medio en el que el fallecido ya no está.
- Y por último, la cuarta tarea consiste en recolocar emocionalmente al fallecido y continuar viviendo.
¿Qué entendemos por un proceso de duelo complicado?
Tras la muerte de una persona, no siempre se consigue realizar un duelo normal, sano, que permita continuar viviendo sin la persona fallecida.
Existen una serie de señales y hechos que nos pueden indicar que el duelo no se ha iniciado o se ha paralizado.
No demostrar tristeza: no llorar, no hablar del fallecido y continuar con la vida normal, por ejemplo incorporándose enseguida al trabajo como si nada hubiera ocurrido.
También existen elementos que pueden entorpecerlo. No asistir al funeral, o no haberse despedido de la persona fallecida, entre otros.
Hay otra serie de indicadores o mediadores que influyen directamente en la complicación del proceso de duelo. Así, haber tenido una relación conflictiva con la persona fallecida, las circunstancias de la muerte, ya sea por inesperada o traumática.
También es un factor clave la edad del fallecido, cuanto más joven, mayor dificultad para asimilar la pérdida y elaborarla.
El parentesco es un indicador importante, ya que por ejemplo la pérdida de un hijo, se considera un suceso no normativo para el que no se está preparado.
Otros mediadores tienen que ver con la personalidad de quien realiza el duelo y su historia de vital. Además, no hay que olvidar el aspecto relacional. Contar con una buena red social y familiar, que actúen como apoyo y compañía, respetando los tiempos y espacios, pero a la vez estando al lado, es un aspecto fundamental en un proceso de duelo, influyendo en su evolución y pronóstico.
Cabe realizar una mención especial al duelo por un hijo no nacido, ya que en muchas ocasiones la realización de este duelo se puede complicar, debido al tabú y poco conocimiento que existe en nuestra sociedad acerca de esto. En sucesivas entradas de nuestro blog, hablaremos sobre este tema.
Bibliografía:
- Payás, A., Griffin, R., Phillips, J. y Camino, L. (1998). Ponencia II Congreso Nacional de la Sociedad de Cuidados Paliativos (SECPAL) en Santander (pp. 281-286).
- Agrafojo, E. y Manrique de Lara, B. (2000). El duelo. Modelos teóricos. Reacciones normales y patológicas del duelo. En M. Die, E. López (eds.). Aspectos psicológicos en cuidados paliativos. La comunicación con el enfermo y la familia (pp. 475-490). Madrid: Ades Ediciones.